
Jane se había teñido el pelo de rubio hace muchos años para ser lo más diferente posible a su hermana. La odiaba, y no quería sentir nada que le recordara que habían nacido de un mismo parto. Las vidas de ellas habían discurrido por cauces muy diferentes y se notaba en su aspecto físico. Por eso no entendía cómo, a ella, le había tocado habitar en un cuerpo tan inestable comparado al de Miriam. Pocas son las veces que terminaban conversaciones sin discutir, y esa tarde no iba a ser una excepción. Jane no entendía porque la gente no percibía su arte. Sigue leyendo


